Drácula de Coppola a través de su vestuario.

El rojo: amor, sangre y deseo

Si hay un color que atraviesa toda la película, es el rojo. En el universo de Ishioka, el rojo puede hablarnos de sangre, peligro, pasión o amor.

La famosa armadura de Drácula, por ejemplo, no es una armadura medieval convencional: reproduce la musculatura de un cuerpo humano sin piel. Una imagen tan extraña como poderosa.

Y luego están las túnicas de inspiración japonesa, los bordados dorados y los vestidos femeninos, donde el color adquiere significados distintos según el personaje y el momento.

Hay algo especialmente hipnótico en el vestuario de los personajes femeninos de la película:

Lucy Westenra, interpretada por Sadie Frost, pasa de ser una joven aristócrata a convertirse en una figura sobrenatural. Su vestuario acompaña esa transformación con tejidos vaporosos, colores intensos y siluetas cada vez más teatrales.

Y después están las tres novias de Drácula, envueltas en velos y telas ligeras que parecen flotar alrededor del cuerpo.

Para diseñarlas, Ishioka exploró una mezcla de sensualidad y misterio, con referencias a las figuras femeninas del modernismo y a los tejidos antiguos. Ese universo de transparencias, movimiento y romanticismo oscuro tienen algo de aparición fantasmal. Aunque, por suerte, no hace falta vivir en un castillo de Transilvania para llevarlo.

Un Drácula con kimono japonés

Y llegamos a uno de los detalles que más nos sorprendieron al revisar el vestuario: las influencias asiáticas.

¿Qué hace un kimono japonés en una historia ambientada entre Transilvania y la Inglaterra victoriana?

La respuesta está en la libertad creativa de Eiko Ishioka.

La diseñadora incorporó elementos de la indumentaria ceremonial japonesa y del teatro kabuki, mezclándolos con referencias europeas y otras influencias artísticas. No buscaba una reconstrucción histórica exacta, sino crear personajes con una identidad visual propia.

Una de las prendas más memorables de Drácula es precisamente su kimono rojo con bordados dorados.

Y aquí aparece nuestro tercer vestido: un diseño rojo inspirado en el qipao tradicional chino, con cuello alto y bordados ornamentales.

Aunque el qipao pertenece a la tradición china y las referencias de Ishioka en ese traje son japonesas, ambos comparten una riqueza ornamental que nos hizo establecer la conexión.

Los bordados, el satén y la intensidad del rojo tienen esa capacidad de transportarnos a un universo que parece existir entre la moda, el arte y el cine.

La ropa también guarda recuerdos

Lo curioso de todo esto es que ninguno de nuestros tres vestidos fue elegido pensando en Drácula. No es una reproducción de ninguno de sus trajes. Es más bien una asociación: el brillo del tejido, la intensidad del color y ese aire ligeramente teatral que parece sacado de otra época.

Sin embargo, al verlos juntos, algo nos llevó de vuelta a aquella película que habíamos visto tantos años atrás.

Y quizás eso sea lo más extraordinario del trabajo de Eiko Ishioka: consiguió crear imágenes tan poderosas que permanecen en nuestra memoria incluso cuando hemos olvidado buena parte de la historia.

Tanto que, a la vista está, aunque no recordábamos la película al completo, algo de su ADN se había quedado guardado en nuestro imaginario del romance tenebroso.

Ese al que tantos amantes de la moda y del cine volvemos a visitar cada 31 de octubre.

Porque hay películas que seguimos sintiendo incluso cuando ya ha terminado la proyección.

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